Anexo '10 (7)

Los hombres crecen para forjar leyendas.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Ignífuga.

Le separaban doscientos metros del Limbo. Reposaba como un cuervo augusto en la repisa más alta de aquel enorme edificio, oteando un color que no existía en el cielo del subsuelo. El viento, un tanto frío, agitaba su cabello y lo enviaba en sentido contrario. Mas él impedía el efecto del salvador y lo empujaba hacia delante, al vacío.

En su rostro no había mueca alguna. La misma faz de aquellas infinitas nubes, largas y aparentemente suaves, que se extendían en la línea perfecta del horizonte. No cambiarían ni ante la muerte, ni a la aparición de un solo como el que surgía allá. Sus ojos, lacerantes y vacíos; sus labios, finos y retorcidos; su piel, tensa y firme. Y su cabello, cenizo y muerto.

Abrió los brazos recibiendo la bendición del sol del amanecer, al horizonte, entre las oscuras sombras de los mil edificios circundantes. Y allí cerró los ojos. Los dedos de sus desnudos pies, sobresalían centímetros de la barbacana de cemento. Era una barrera perfecta, aquella en la que no existía nada. Sentían el aire que los separaba del suelo. El límite, ese único paso. El cielo, al revés.

Alas.

El salto del ángel se dispersó en el viento, con el estallido de las mil sedosas plumas que desvelaban su santa y esquiva naturaleza. Blanco. Se llevó consigo mi cándida alma y mis olvidadas alas, las de un cuerpo en pena.

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